
Me preguntan a menudo por qué soy pintor y contesto que es casual, circunstancial; que podía haber sido músico, actor, escritor… Pero si me preguntan por qué soy artista respondo que es un jarabe, un jarabe para mantenerme cuerdo porque, al contrario de lo que mucha gente piensa, el arte para el artista no es un placer sino una necesidad: la necesidad de expulsar una acumulación desmesurada de datos, positivos o negativos, producidos por un exceso de sensibilidad. Si esta acción no se lleva a cabo, el artista pierde la cordura.
Este acontecimiento, de forma más moderada está en la vida de cualquier ser humano: ¿quién no recurre a un amigo cuándo tiene un problema aún sabiendo que éste no se lo va a solucionar? Pero el hecho de expresarlo, de sacarlo al exterior, te produce un bienestar, un sosiego, una cierta paz.
Pues imagínense una persona en un constante conflicto interno de tal complejidad que es imposible expresárselo a un amigo.
Pocas son las opciones, pero el ser humano ha desarrollado una fórmula, una medicina a la que le hemos llamado Arte.
No quiero terminar sin hacer alusión a un cúmulo de personas que, debido a la facilidad que hoy en día supone técnicamente ser artista, se han subido a un jugoso carro capaz de satisfacer el ego de cualquiera; pero bien es cierto que para librar batallas necesitas armas, y aún más importante, saber usarlas, y cuanto más diestro seas mayores serán las victorias.